septiembre 08, 2005Meditando
Yo sólo sé que el mundo es mucho peor desde que retiraron la serie del conejo.septiembre 07, 2005Just a little girl trying to change the whole wide world
Sola. Me gusta estar sola. Últimamente trato de estarlo lo más posible, dejarme llevar y pasear. Con la música resonando en mis oídos. Hoy, Michael Stipe me ha estado contando lo jodido que es dejar Nueva York. El Rober me ha contado de una estrella que espera y espera. Kutxi me dijo que las tripas saben todo y más de tenerse en pie y la soledad. Y en algún cajón secreto de mi cerebro corría Amanda a verse con Manuel, que hay que ver, llevo con esa cancioncita todo el día y no hay quien la saque de mi cabeza.
Y yo recorría hoy las calles del centro, de MI centro. Cogí un autobús que dio mil deliciosas vueltas en las que yo oí música y pensé en mis cosas (que es una costumbre muy sana) para luego bajarme de un salto en Ópera y subir Arenal hasta Sol, parándome a mirar todo con los ojos muy abiertos y el discman en la mano, con ese medio trote que llevo cuando voy sola. Luego subí por Montera y llegué a Fuencarral; debía devolver una mini en la tienda en que ahora curra Ana, y como ya era tarde me quedé un ratito con ella hasta que cerraron. Nos tomamos unas cervezas en un bar de Tribunal donde todo el mundo era raro y te miraban raro (y conste que no iba en modo alguno provocativa; cuando voy sola me espanta llamar la atención –Nota mental: por alguna razón eso me es jodidamente inevitable), y luego volví a casa. Y claro, yo igual que el resto del puto día, con el fantasmita de Jara tarareandome al oído suena la sirena de vuelta al trabajo y tú caminando lo iluminas todo los cinco minutos te hacen florecer; y esa no es manera de estar en el metro, así que intenté mitigar ese sonido. Pero mi cabeza es tan persistente… Así que me dediqué a recordar, tonterías de esas que abundan por mi prolífica cabeza y a las que rara vez presto atención. Pensé, por ejemplo, en algo que había leído en El guardián entre el centeno, que por fin (¡por fin!) había consentido leerme. Holden, el protagonista, en un momento determinado dice que los libros que de verdad le gustan son los que al terminar piensas que ojalá el autor fuera muy amigo tuyo para poder llamarlo por teléfono cuando quisiera. Me temo que tiene, al menos en parte, razón. Aunque jamás llamaría a Philip Pullman, llegado el caso. Pero…si estuviera vivo, ¡cómo me hubiera gustado llamar a Gerald Durrel! Cómo logró ese hombre prender la pasión por los animales, todos los animales, en mi corazón de niña hosca. O a Dumas, para invitarlo a unas copas. Incluso a Reverte, que le debo muchas frases concebidas sólo para mí. Michel Ende…
O Carlos puerto, que logró con la frase más simple del mundo enamorarme para siempre, cuando tan sólo contaba 7 años: "La montaña era grande y marrón, la niña pequeña y rosa…"
Born Slippy de Underworld. Una canción que le fascinaba a Gabriel, por cierto. Esto aplacará a Jara, al menos hasta que llegue a casa. Eso pensé de repente en el metro, interrumpiendo (¿será posible?) mis propios pensamientos. Y así fue.
Drive boy dog boy
Dirty numb angel boy
In the doorway boy
She was a-lipstick boy
She was a-beautiful boy
And tears boy
And all in your inner space boy
You had hands girls boy
And steel boy
You had chemicals boy
I've grown so close to you boy
And you just groan boy
She said come over come over
She smiled at you boy
Y me he dado cuenta de que ya casi no sé que hacer conmigo. Sola, quiero estar sola. No sé nada más. Ni siquiera tengo manera de explicarlo, ni aún a mí misma. Porque ya no soy esa niña torpe y hosca; ni aquella quinceañera silenciosa y ferozmente triste que otros conocieron. Y casi… casi me da la impresión de que de mi primera memoria brota una mirada de reproche: “-Qué has hecho conmigo.”
Quizá sea posible que estemos aún unidos por un sutil dogal. Es posible que nos una algún delgado, irrompible amor, de extremo a extremo, de cabo a cabo de este hilo, allá donde vayamos.
Es cierto que siento, a veces, un doloroso tirón… Mierda.septiembre 06, 2005.
Cuando yo muera, se romperá una cuerda de plata con perlas lisas, que rodarán por el país y volverán a casa, al fondo del mar, con sus madreperlas.¿Quién buceará en busca de mis perlas, cuando ya no esté?¿Quién sabrá que fueron mías?¿Quién podrá adivinar que una vez el mundo entero colgaba alrededor de mi cuello?septiembre 02, 2005El trauma de hoy
Yo estaba tranquilamente en la calle, en Foz, cuando en estas veo acercarse rápidamente a mi hermano.
–Laura, ¿a que no adivinas lo que he hecho?
–Cuéntame.
–He entrado en la casa de Robert Rodríguez… ¡y mira lo que he traido!- Nacho me mostró su mochila.
– ¿Qué has hecho QUÉ?
– ¿No me oyes? He estado en su casa, y estuve mirando los CD, ¡y no veas que de frikadas! Tenía las B.S.O. de Kill Bill 1 y 2, de Abierto hasta el amanecer, las de el mariachi… ¡Mira! Me he traído unos cuantos.
–Nacho, por Diox, ¡tienes que devolver eso! – Miré a su espalda – ¡Mierda!
Y es que Robert Rodríguez estaba ahí detrás. No recuerdo exactamente la siguiente conversación, pero nos aclaró que él había hecho lo propio (osease, entrar a NUESTRA casa y robar los CD de mi hermano) para vengarse. Esta conversación acabó con mi hermano diciendo:
–Bueno, bueno. Esta visto que esto tiene que terminar. Vamos a devolvernos a cada uno lo que es suyo y asunto acabado.
–De acuerdo. Venga, devolvedme mis CD –dijo Rodríguez.
– ¡Por supuesto! Pero tú debes hacerlo primero, ya que eres mayor y, además, director de cine –salté yo.
Entonces me desperté.
Fui corriendo a contárselo a mi hermano. Él me aclaró que sólo una mente realmente enferma y obsesionada como la mía podía llegar a soñar cosas así –claro que esto me lo dijo después de partirse como 10 minutos–. Quizá se debe a las mescolanzas alcohólicas que deben de durarme del sábado, o… no sé, no sé. Prefiero no conocer la respuesta.
La explicación de que el director-protagonista de mi sueño fuera Robert Rodríguez y no Tarantino es, con toda probabilidad, a que el primero es mucho más mono que el otro, por muy Tarantino que sea.
Aún así… creo que esto aún puede empeorar, antes de que mejore. Agosto 25, 2005
De compras con Ana

Vestido negro minifaldero, 29 euros.
Tanga y culotte, 10.95 euros.
Ligueros negros (¡con pincitas!), 12 euros.
Medias de rejilla a medio muslo, 5.95 euros.
La erección repentina de nuestros novios al vernos aparecer no tiene precio.
Miau.
julio 17, 2005
El barrio

Desde la terraza de mi antigua casa, en el sexto piso, si te asomabas mucho por una esquina, tanto que tus pies dejaban de rozar el suelo durante un momento y la mayor parte de tu cuerpo sobresalía por la ventana, justo cuando te decías que era una tontería, que no valía la pena, y que te ibas a matar... se veía la cárcel de Carabanchel.
Me mudé hace ya más de tres años, pero puedo decir que la que tal vez fue la etapa más feliz de mi vida, mis 14 años, la pasé vagabundeando arriba y abajo por aquel barrio dónde estudié tantos años y dónde tengo a la mayoría de mis amistades. Con 14 años yo ya no era virgen, contaba con diversos y fugaces amoríos (que nunca fueron de mi colegio) y me sentaba en las aceras con mis amigas a libar cerveza y a acostumbrarnos a la ciudad que se extendía ante nosotras, tan niñas, llena de promesas; fascinándonos como si de una llama maravillosa se tratara. Aparte de Ana, Sara y Alba, en esa época salí mucho con 2 chicas, Sanz y María. De María, que se fue del colegio en mi etapa del Noir, no he vuelto a saber nada; pero con Sanz me he vuelto a ver hace poco tiempo ya que es amiga de Kel y Patri. Pese a todas las distancias, seguimos llevándonos muy bien.
Con Sanz y María probé mis primeras cervezas, tuve mis primeras (y no muy fuertes) borracheras e hice mis primeros pinitos por Malasaña. Muchas de las cosas que nos definirían en adelante se decidieron en aquella época, a la sombra proyectada por Las Fábricas, abandonadas, que nos protegían del sol (y es que la mayoría de las imágenes que conservo de entonces se materializan en el verano de mis 14 años: el sol abrasa, siempre, en mis recuerdos) donde bebíamos y nos asalvajabamos. Dónde yo decidí que prefería las botas altas a las deportivas, el costo a la maría, el sexo a la castidad, la cerveza al calimocho. Dónde en una pared hice la que fue mi Primera y Única pintada: la cabeza de un oscuro unicornio… Ignoro si todavía sigue allí.
Muchas de aquellas calles, metiéndonos por diversos vericuetos en la calle de la Oca, nos transportaban a un mundo extraño, a una ciudad que, siendo Madrid, se asemejaba más a un pueblo. La gente, mucha de la cual conocíamos y saludábamos, el color, la gente, el aire… Todo en ese barrio terriblemente feo, todo de ladrillo rojo, ese barrio que tanto he amado y respetado… ese mismo que perdí en un año, cuando el mundo me cambió.
Y siento una rara melancolía al evocarme, salvaje y borde, con mis vaqueros y mi melena de león (todavía no tenía plancha del pelo) corriendo por las calles, echándonos carreras locas (que yo recuerde, nunca andábamos con normalidad) como gatos callejeros, jóvenes y apunto de comernos el mundo, preparándonos para ello. Qué luminosa se me presentaba mi ciudad entonces…
Pero es un alivio que, después de tanto tiempo y tantas lágrimas y tantas hecatombes en el mundo y en nuestras vidas, Kel me pueda decir “Laura Sanz dice que quedamos a las 7 en el Muro”.
Y que yo sepa a que muro se refiere.
julio 16, 2005
Ardid

-Ah, Trasgo, Trasgo -clamó Ardid, mientras corrían por sus mejillas silenciosas lágrimas-. Trasgo querido, no me abandones más... Nunca más.
-No te he abandonado -dijo el Trasgo, con el rostro hundido en los cabellos de la Reina. Nerviosamente, hebra a hebra, los tomó entre sus dedos-. Ah, traidora, traidora... ¿por qué te has vuelto así? ¿Por qué no eres mi niña? No mientas, sabes que a mí nada se me oculta: y no puedes negar ahora que sólo tú has hecho una cosa tan horrible contigo misma. ¿Por qué te has traicionado de tal forma... si sabías que con ello a mí me traicionabas?
Ay, ni siquiera aquella niña tan extraordinaria fue capaz de salvarse...
julio 14, 2005
Corazón, amor

Esta mañana, en lo primero que pensé al despertarme (y es que yo suelo despertarme con una imagen, una frase, o un nombre que invade mi cabeza, sin previo aviso y sin razón alguna) fue en una de Gianni Rodari que tengo en un libro llamado Cuentos escritos a máquina. Pero más que el cuento en conjunto, me vino a la cabeza una imagen: la de una diminuta pastilla de jabón con forma de corazón que era tragada por un desagüe.
Tras unos minutos tumbada aún en la cama acostumbrándome al mundo en que me encontraba, hallé la conexión con el cuento que he dicho y, despeluchada y lenta, me levanté y comencé a buscar entre los libros que se amontonan en mi cuarto. Finalmente lo encontré: es un libro que tengo bastante destrozado, pues aparte de que ya tendrá sus buenos 8 o 9 años me lo he llevado innumerables veces a la playa, la piscina… Y eso, sobre todo en mis manos, hace que un libro envejezca bastante rápido.
Pasé las hojas, algunas de ellas ya sueltas, con cuidado y mimo (¡es un libro tan bonito!) hasta encontrar lo que quería, el último párrafo del cuento llamado La guerra de los poetas; y esto fue lo que leí:
“Los expertos sostienen que las palabras ‘corazón’ y ‘amor’ no han huido, no han sido raptadas por forasteros, no se han perdido en el monte, sino que simplemente se han gastado por el excesivo uso, como las pastillas de jabón cuando se reducen a minúsculas escamas que desaparecen sin duelo por el desagüe de la bañera, entre un funesto gorgoteo de agua sucia.”
julio 06, 2005
Lo que me pasó (XIX)

Mara… cuánto me he acordado de ella, tanto tiempo después. De sus ojos enormes, de sus torpes movimientos, de sus facciones duras, cadavéricas. Una belleza tan muerta, marchitándose su piel cetrina, los últimos restos de luz en su mirada ya barridos hace años.
Durante aquellos meses ella me fue desgranando su historia, de forma inconexa y mal, que yo conseguí hilar mediante los retales que ella soltaba; sobre todo cuando estaba borracha, Mara me contaba uno u otro episodio de su vida, su voz un murmullo apenas entendible. Su historia creo que puede resumirse de esta manera, pues no creo que a ella ahora pueda importarle: desde dónde ella podía recordar, su padre había abusado de ella, aunque (y esto ella lo remarcaba cómo si fuese importante, lo más importante de todo) jamás la pegó. Ello no quitó que su madre, celosa, la torturara día tras día, por lo que Mara tuvo que huir de su casa a los 16 años. Y, cuando yo la conocí, hacía poco que había comenzado a prostituirse.
Cuándo me fui, ella tenía apenas 20 años. La recuerdo sobre todo aquél día en que definitivamente me alejé de todo aquello, aquella tarde en que me despedí para siempre de ella, de Gabriel y del Noir.
Cuando entré al bar después de tantos días y semanas desaparecida, Mara se levantó de un salto con una sonrisa para saludarme. Su sonrisa… Siempre sonreía, Mara. Bastante más que yo, pero de una forma más desgarrada; la única manera en que se podía sonreir en aquel bar, en aquel ambiente, con aquella vida.
Devolví la sonrisa de forma igualmente triste, aunque por un motivo diferente. Sabía que aquella sería la última vez en que la vería, en que oiría su voz cascada y vería sus ojos opacos. Mara, aquella puta anoréxica tan abandonada. No sólo he llorado por Gabriel durante todo este tiempo, sino por esa criatura que jamás pudo ver la luz.
Le dije que debíamos hablar mientras la tomé de la escueta muñeca, que había ido para hablar con ella. La forma en que le hablé y mi ropa (nada gótico en esa ocasión, sino unos simples vaqueros y un top) prendieron en ella una chispa de preocupación.
Qué pasa, me dijo arrastrando las sílabas con su voz arañada, cuéntame tu problema. Entonces la miré fijamente a los ojos, cubiertos de lágrimas no derramadas, y le dije que me iba.
Al principio, ella se resistió a creerlo. Dijo muchas cosas entonces muy seguidas sobre que yo debía darle un tiempo al Noir, calmarme y habituarme a aquella vida. Pero en su mirada ahora había una clara alarma. Y le temblaban las manos.
No, le dije entonces, es imposible. Yo estaba derrotada, todavía en la retina la imagen de Gabriel en aquel salón invadido de sangre. No puedo quedarme. Esto ha terminado, le dije sin atreverme a mirarla, no puedo quedarme más.
Ella tembló entonces más violentamente, y alzó la voz para decirme que NO PODÍA irme. Yo solamente la miré, con los ojos muy abiertos y con mi decisión ya tomada.
Y ella gritó.
Gritó que nadie podía irse impunemente de allí, que nadie de fuera podría entenderme si me iba, nunca. Que estaría siempre sola, y que aquello sólo podía comprenderse allá dentro.
Da igual lo que corras, gritó. No puedes escapar de lo que ahora eres. Cada mañana te levantarás con el peso de todo lo que has tragado, todo lo que eres. Porque nunca dejarás de ser lo que eres ahora, ¿entiendes? Arrastrarás tu dolor adonde vayas y nadie podrá protegerte ni defenderte, y ni siquiera comprenderte. Porque nadie que no haya vivido esto podrá entenderte jamás. Y siguió gritando mientras mis ojos se cubrieron de lágrimas que no llegué a derramar. Mi pobre niña… Sus gritos histéricos hicieron que la poca gente que por allí andaba se volviese a mirar. Yo no podía apartar la mirada de sus ojos oscuros, brillantes de lágrimas que marcaron de negro sus mejillas. Y es que en realidad me gritaba que las había pasado putas mientras que no estuve. Qué no quería que la abandonase, que la dejase sola. Que ya había estado sola bastante tiempo, suficiente para el resto de su vida.
Había que conocerla para sentir la inmensa nada que la cubría.
Me levante despacio, y le eché una triste mirada a Javi, el camarero. Me hubiera gustado despedirme también de él, pero no me quedaban fuerzas. Además, aún tenía que ir a casa de Gabriel, a enfrentarme con mi demonio.
De ella sólo queda decir que le hice prometer a Gabriel que se ocuparía de ella.
Estoy segura de que lo hizo.
“Queda en mi recuerdo y en el de todos los que compartieron con ella un momento, o una vida; y en ese recuerdo la veo a ella, sonriendo, porque ella siempre sonreía."