Oblivion

Más crónicas de días grises

    20 febrero 2006

    And it's so fragile

    y es tan frágil

    Me siento ya una casa enferma,
    una casa leprosa.
    Es necesario que alguien venga
    a recoger los mangos que se caen
    en el patio y se pierden
    sin que nadie les tiente la dulzura.
    Es necesario que alguien venga
    a cerrar la ventana
    del comedor, que se ha quedado abierta,
    y anoche entraron los murciélagos...
    Es necesario que alguien venga
    a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.

    Últimos días de una casa - Dulce María Loynaz

    Alguien me dijo, hace tanto tiempo, que yo tenía un corazón enorme. Inmenso. Una gran capacidad para ser feliz, y para amar… Que sólo tenía que intentarlo un poco, como si intentándolo un poco pudiera acabar con la tristeza que me atenaza, que se infiltra en cada bocanada de mi aire, aunque quiera huir.

    Recogí los pedazos, uno a uno, tratando de restaurarlo y hacerlo a mi medida. Yo quería un corazón enorme, rojo y sangrante, apenas visibles las junturas recién pegadas como leves cicatrices. Quería que fuera grande, y apasionado, y valiente, y entregado; y pegué con chinchetas en la pared el dibujo de lo que habría de ser.

    Tratando de volver atrás el tiempo, con lengua rasposa de gata limé las asperezas y traté de juntar los pedazos. Pero, recogiéndolos (algunos clavados como metralla en mi carne y en la suya, otros revoloteando libres y ligeros por el cielo de Madrid), no me di cuenta de que no eran todos míos, y que en mi reconstrucción había trozos de otras personas, y cemento, y cristales. Por eso nunca acabó de encajar del todo, y corrientes heladas se introducen en los huecos.

    Tras interminables tardes jugando con el celo y usando pomadas para calmar los escozores, al fin comenzó a latir desacompasada, tristemente. Me costó mirarle a la cara, pero no me deshice de él: me había mirado con tanta tristeza, y con tanto frío por su incipiente creación, que pensé que no sería tan malo darle agua y comida todos los días. Soportar sus ojitos de perro abandonado, antes que deshacerlo y tratar de reconstruirlo todo de nuevo.

    Lo imaginé entonces, y aún lo veo así ahora, como una gigantesca mansión llena de puertas, plagada de recovecos y rincones oscuros en los que permanecen cosas que, bien cerradas con llave, permanecen en silencio.

    El interior es un laberinto. A veces se oyen pasos, que levantan una leve estela de polvo, y de nuevo el silencio. Susurros y toses ahogadas. Crujir del terciopelo de las cortinas en algún cuarto deshabitado. Silencios que ocultan gritos.

    Tiene habitaciones escondidas. Muchas habitaciones.

    En la parte izquierda están aquellos que amé pero no quise querer, esperando eternamente con relojes en la mano que marcan el tic-tac siniestro del amor no consumado. Para ellos construí cuartos enormes, siempre iluminados, y con sofás gigantescos plagados de cojines de colores. Con enormes ventanales que dan siempre al oeste, para que cuando atardezca puedan llorar si quieren, y así encogerme el corazón cada vez que veo salir el sol marcha atrás.

    Arriba están quienes pude querer y no me dejaron acercarme. Para ellos hice habitaciones de altos techos en penumbra, donde la niebla producida del polvo levantado por sus paseos leoninos no me permite ya casi reconocer sus rostros.

    Para quien no me supo querer como yo quería preparé un cuarto pequeño donde siempre es mediodía; un rinconcito íntimo y soleado, con jarrones donde rositas granates y olorosas están siempre floreciendo. Un sitio de risas, donde a veces voy a descansar los días de lluvia.

    Cerca, están aquellos a quienes llegué demasiado pronto o demasiado tarde y de quienes me acabé alejando con pasos insonoros, dejando un rastro casi invisible de llanto. Ellos viven en habitaciones dominadas por el silencio, y sólo pueden leer una y otra vez los libros que más me han marcado, frunciendo el ceño ante lo incomprensible de unas palabras que no les dicen nada.

    En el sótano encerré a los monstruos, y los até con cadenas y grilletes a las paredes húmedas. Recién terminado estaban bajo control, pero el tiempo ha acabado soltando las ataduras de hierro de algunos, que se han deshecho rojas de óxido; y ahora los libres se pasean furiosos en el suelo encharcado. A veces golpean con fuerza la puerta (sobre todo en luna llena) y despertando de repente he de llevarme las manos al pecho, asustada. Sólo la seguridad de haber cerrado esa puerta con la llave más terrible de todas, la más segura, me permite seguir durmiendo.

    Recorriendo los oscuros pasillos se llega a muchas, muchísimas habitaciones desocupadas. Superan con mucho en número a las habitadas y, a veces, queriendo llegar a otra parte me he visto en un cuarto vacío donde las paredes blancas sonreían con desprecio a mi expresión contrariada. Los cuartos vacíos son crueles, y están llenos de polvo.

    Hay también una puerta para esa mansión. Está entornada desde que se creó, y su inmovilidad ha terminado por pudrir los goznes, de modo que si alguien tuviera fuerza bastante para cerrarla o abrirla del todo nunca más podrá variar esa posición.


    He acabado por cogerle cariño a este monstruo de frankenstein palpitante y lleno de cicatrices. Porque hay días que mueve la cola y ladra de contento, y yo ronroneo para avivar algo las brasas, para mantener ese calor que tanto le falta.
    Puede que no sea perfecto. Puede que haya veces que no soporte sus quejidos a destiempo, sus desgarradores sollozos, sus inoportunos estremecimientos cuando surge algún recuerdo. Su insoportable melancolía. Pero tengo que aceptarlo, tengo que quererlo.

    Es el único corazón que tengo.

    15 febrero 2006

    Despedida 1



    Apoyé la cabeza sobre la almohada y así, escondiendo la cabeza en su pecho, le hice cosquillas con las puntas de mis uñas en su brazo desnudo, en esos lunares que conocía tan bien. Y disfruté de mi dolor, llorando sin que él lo notara, controlando que no variase mi respiración, mientras él suspiraba de placer por aquel leve contacto.

    Ojalá hubiera podido retener ese momento. Quedarme llorando horas, acariciarle durante horas. Porque cuando dejase de llorar y de acariciarle, ya no nos quedaría tiempo.
    Qué dulce tristeza, cómo dolerá este recuerdo,
    en el futuro...


    Y todo era lágrimas, uñas, piel suave y sábanas recién lavadas.

    14 febrero 2006

    A ratos

    La Dulce se está perdiendo... entre los árboles la ves

    "I need someone to love me..
    Need somebody to carry me home to San Francisco
    And bury my body there
    I need someone to lend me a fifty-dollar bill and then
    I'll leave Hong Kong far behind me
    For happiness once again.

    Won't somebody believe
    I've a yen to see that Bay again
    Everytime I try to leave
    Sweet opium won't let me fly away
    I need someone to love me
    Need somebody to carry me home to San Francisco
    And bury my body there...

    Quizá debería dejar de pasearme por mi casa desnuda y tarareando viejísimas canciones... ¡Pero es que me gusta tanto! Es mejor que quedarme llorando debajo del edredón, creo.

    Pero si mi padre llega pronto puede darle una taquicardia.

    11 febrero 2006

    Why should I take your hand, if you can't promise happy endings?

    Te olvidaré. Te olvidaré, te olvidaré, te olvidaré. Y no podrás hacer nada para impedirmelo.

    Ana me abraza.

    Después de tantos años, Ana ha descubierto que no la aparto con brusquedad cuando viene a abrazarme, como ha estado creyendo tantos años. Desde aquel día en que me acogió en su casa y me metió drogada en un taxi, al principio de mi última depresión. Ahora lo hace aproximadamente cada dos minutos, y yo, a quién últimamente abraza todo el mundo, ya no tengo esa reacción de dar un paso atrás que tanto mosquea a la gente; sino que me dejo, y me pego con fuerza. Necesito a alguien que me cuide. Y supongo que echaba de menos los abrazos.

    Desde siempre.


    El chico de los ojos azules y verdes y amarillos dice que soy rara. Rarísima. Mete diez veces esa palabra en cada diálogo. Qué rara eres. Es que tú eres rara. Piensas cosas raras. Nunca había conocido una chica tan rara como tú.

    Yo le digo que mi rareza no es cosa mía, sino que va en función de la mirada. Soy tan rara como tú me ves. Tengo los ojos tan bonitos como tú crees. Yo soy quién tu crees que soy. Varío en función de la mirada ajena. Camaleón. Pero,
    eso ya lo sabía.

    Ayer, mi hermano dijo algo muy gracioso. O muy inteligente. Yo hablaba con él de mi rallada de la semana: los camaleones, esos grandes desconocidos. Y soltó: Quizás es que los camaleones creen que lo que cambia de color es el mundo, y que ellos simplemente creen que son de “color camaleón”. Una visión distinta a la que expuse en mi post anterior. Y es que mi hermano tiene unos puntos de vista muy prácticos. Menos trágicos que los míos. Más racionales.


    Y hoy he soñado con una voz. Una voz susurrante que me hablaba de cosas que no repetiré, una especie de Uyulala nocturna que se acomodó en mi almohada y que me susurraba dulces cosas, cosas horribles, cosas deliciosas. Mi Otra, quizás. Pero al despertar (pues yo soñé que me había despertado, que era de noche y que la voz me hablaba, sin que quedase claro si había sido una alucinación o un sueño sobre una alucinación) pensé que ese sueño no había sido sino el revoltijo en mi cabeza de un pedazo de cuento de Dylan Thomas que había leído hace ya varios años.


    No sé por qué habrá vuelto a mi cabeza justo ahora. Pero, al despertarme, corrí a buscarlo.

    "(…) se coló por una ventana hasta posarse encima de una cama junto a una muchacha durmiente.

    -Despierta, muchacha –dijo- soy tu amante que llega de noche.

    Ella despertó a su voz.

    -¿Quién me llamaba?
    -Te llamaba yo.
    -¿Y dónde estás?
    -Te estoy hablando desde la almohada donde yace tu cabeza.
    -¿Y quién eres tú?
    -Soy una voz.
    -Deja entonces de hablarme al oído y salta a mi mano para poder tocarte y acariciarte. Salta a mi mano, voz.

    Se tumbó cálidamente en aquella palma.

    -¿Dónde estás?
    -En tu mano.
    -¿En qué mano?
    -En la mano izquierda que tienes sobre el pecho. Si cierras el puño me aplastarás. Estoy en las raíces de los dedos.
    -Háblame.
    -Yo tuve un cuerpo y fui siempre una voz. Como en verdad soy, así vengo hasta ti en la noche, voz de tu almohada.
    -Sé quién eres. Eres la voz inmóvil y susurrante que no debiera escuchar. Me han dicho que no escuche la voz susurrante e inmóvil que habla de noche. Tienes que marcharte.
    -Soy tu amante.
    -No debo escucharte –dijo la muchacha, y cerró el puño súbitamente."



    Será mejor que deje de escribir. Todo es caótico.

    Los vecinos creen que me he vuelto loca, y han colocado alambre de espino en sus puertas por miedo a que les invada mi estado de ánimo.

    Y yo sólo quiero
    d
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    p

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    09 febrero 2006

    Mutante


    Cuando estaba en la ducha lo pensé. Quizá duela ser camaleón. Imaginé esos reptiles, pegados a una rama, y ordenando a su piel, gritándo en silencio a su sangre, a su cuerpo, cambia cambia cambia cambia CAMBIA. Sintiendo estremecerse los músculos, sobre todo al principio. Y por fin la recompensa, la mutación.

    Quizá les duela las primeras veces. Quizá antes de aprender a tomar el color de cada entorno deban pasar por una serie de pruebas sangrantes. Probar hasta donde puede llegar el control sobre uno mismo hasta que creas que las venas te van a reventar.

    El desconocimiento de esa especie me hace imaginar... Y creo que tiene que doler. Debería doler. Sería justo. Qué maravilloso, poder gobernar de esa manera tu piel, ese cuerpo que todos los seres sentimos tan nuestro y que a la vez es tan ajeno. Poder cambiar el tono sólo deseándolo con fuerza. Poder acoplarse a cada situación sin un susurro. Sólo un leve cambio, poco a poco, poco a poco... Y cuando quieres darte cuenta ya no está tu imagen anterior, y ya no puedes recordarla del todo porque tienes que centrarte en la nueva.

    Debe ser doloroso. Sino, esa mirada suya en principio tan cómica no resultaría tan triste. Ojos idos, revueltos sobre sí mismos. Revuelta su piel y su sangre tras tantos cambios, desconociendo ya casi qué color era el original. Preguntándose si acaso importa, porque su mundo es el del Cambio, el ámbito de lo mutante. Y cada color anterior es sólo una etapa pasada, olvidada para siempre, quemada.

    Sería justo que doliera. Porque aprender a acoplarse en segundos a cada situación, cambiar el color de la piel y volverte del revés el corazón para mostrar otra cara, a los humanos nos duele. Porque sólo se puede hacer a ostias.

    Yo no pedí nunca ser un camaleón.

    05 febrero 2006

    Manías de gata



    Por fin... aquí está el meme-manías que me pasaron Meike, tury y Keira hace como 2 semanas ^^'. ¡Por fin! No os quejeis por la tardanza; es buena señal que haya querido hacerlo en vez de seguir escribiendo cosas deprimentes.

    Veamos.


    1) No puedo oir música estándome quieta, si me gusta. Y no me refiero a bailar precisamente, sino a andar. Una imagen absolutamente típica de mi soy yo en mi cuarto dando vueltas con el discman en la mano con aires de tigre enjaulado.

    2) Muy relacionado con la anterior, está el hecho de que es im-po-si-ble que yo esté en un coche sin música. Me pone histérica… Y no sólo eso, sino que cuando entro en un coche, lo ideal es que ponga la música bien alta (en la radio o el mp3) y mire por la ventanilla (o como copiloto, o en la trasera izquierda, por favor) totalmente ausente. Pero del todo. Y eso significa que NO ME GUSTA que me hablen o hablar mientras voy en coche. Sólo existimos yo, la música, el paisaje y mis pensamientos. Es como una especie de… ¿meditación? Pero es algo que hay que tener muy en cuenta si se viaja conmigo; mis rugidos pueden ser alucinantes.

    3) Cuando hablo con alguien cara a cara en serio, tengo que tener las manos ocupadas en ALGO. Ese algo bien puede ser mi pelo, el de la otra persona, un cordoncito, un trocito de papel, pinto cositas abstractas, destrozo servilletas y pajitas, juego con mi trenza, mis anillos…

    También me ocurre cuando hablo por teléfono.

    4) Doblar las páginas de los libros allá donde hay una frase que me guste. Así, los libros que me encantan y que he leído cien mil veces se les nota: están usados y más que usados. Yo los veo como marcas de cariño, aunque soy consciente de que no es algo “socialmente aceptable”… Así, antes de que me llaméis “asesina” y que nadie me deje jamás ningún libro, apuntaré que procuro no hacerlo con los libros que me deja la gente o que son de la biblioteca tengo cuidado de evitarlo, aunque lo hago de manera inconsciente.

    Además, en los últimos meses me he reformado y últimamente me he pasado a subrayar las frases que me gusten con lápiz :D

    5) Ser absolutamente cabezota con lo que me interesa. No es una forma de hablar, y no creáis que no puede ser considerado una manía: lo es. Podría partirme la cabeza, pero lo consigo. Y si no hay posibilidad alguna, ya me alejo con rapidez.
    Oooooh, que sumamente ariana es ésta última manía.


    Y la verdad es que tengo cien mil manías más, que no sé si serán más o menos importantes.


    Miau.

    03 febrero 2006

    The saddest girl in town



    “Los sueños no son más que una excusa, pero una excusa muy gorda. Una excusa para vivir. Por eso, a veces, también se convierten en la mirada nostálgica de aquello que nunca fuimos. Qué putada, asumir que nunca serás lo que siempre deseaste. Ni esperarlo siquiera.”
    -Piedras-


    Es complicado. Es difícil, pero este esguince que me enclaustra en casa me ha decidido a escribir. Escribir un poco en serio, que al fin y al cabo es lo mismo que hablar conmigo misma, y sacarme de encima esta presión que me ahoga. Aunque sea un poco.
    ¿Total, a quién le importa? Pero llevo, o llevaba, deprimida ya dos meses. Y aunque no le importe a nadie, aunque nadie pueda siquiera asomarse a comprenderlo, necesito divagar. Y es que su fantasma, el de ella, me ha estado rondando desde antes de Navidad, y se me aferró aún más fuerte en ésta.

    ¿Por qué de repente me acuerdo tanto de ella? Como si no hubiera habido otras amigas, otras vivencias, otras catástrofes que recordar. ¿Por qué no antes? Quizá es que últimamente, en estos meses, habré mentado su nombre más a menudo, o que he debido recordarla más. Quizá por hablar de ella, liberándola de la prisión que yo misma le había preparado.

    Han pasado más de 3 años desde que la vi por última vez. La carita ahilada, los ojos tristes, enormes y oscuros. El cuerpo huesudo y aquella expresión acusadora, quizá la última que pudo echar al mundo.

    El abandono no era un concepto nuevo para ninguna de las dos. Nos hicimos amigas en la desesperación, y nos aferramos con más fuerza de la que hubiéramos podido imaginar debido a ésta. Desterrada de mi antiguo mundo y sin Ana, ella fue la única amiga que pude tener, pensando que después de todo jamás me hubiera acercado a ella si yo misma no hubiera estado tan sola. Perseguir tu mala estrella en compañía es mejor que hacerlo solo. Y no me refiero a que sea un consuelo de tontos, a que siempre cabría decir “pero ella está peor que yo”; sino a que hacerlo cada una por nuestra cuenta hubiera sido duro, mil veces más duro. Apoyando mi espalda contra la suya, las dos nos manteníamos en pie.

    He intentado no pensar en ella desde entonces. He procurado encerrarla en lo más profundo de mi cabeza, bajo capas y capas de otros pensamientos, de otras tristezas. Su carita gris, sus ojitos tristes, sus frases histéricas gritándome que no me fuera. Que no la abandonara a su suerte en aquel agujero en que estábamos prisioneras y del que yo pude escapar, quise escapar… pero ella no.

    Yo la serví de cuenco y gracias a mí, testigo muda pero atenta, pudo reconocerse en su historia. Se vació entera, retazo a retazo, hilvanando frases que crearon una historia aterradora. Yo sentía su dolor, y cada palabra suya se me abría paso como una aguja de fuego en las entrañas. Saber duele. El dolor ajeno duele. Y aunque no tenía derecho a contarme todo aquello, a llenarme de hiel el alma ya hecha pulpa, nunca me atreví a callarla. Por eso de algún modo ella vive con su historia todavía. Ella nunca me dejará de doler, todas aquellas frases memorizadas a la fuerza como si supiera que algún día yo no estaría con ella para que me las repitiera, como si supiera que no podría contárselo nunca a nadie más.

    Ahora si estoy sola, de aquellas dos criaturas solo estoy yo para recordarlo, todas esas cosas que sólo ella hubiera podido comprender. Después de todo, lo vivimos juntas. Esa huida suicida hacia delante en la que corrimos hasta abrazar nuestros miedos, hasta besarlos, hasta follar con ellos. Esas zonas de la noche en que no existía el arcángel para cuidarme, ni el Noir, ni nada. Sólo ese dolor intenso en las entrañas, ese enredarnos con cualquier otro cuerpo, ese sudor frío que se mezclaba con el de cualquier desconocido. Por necesidad ella, por desesperación yo. Desgastándonos por dentro y terminando de hacernos añicos nosotras mismas el corazón, para que ningún otro pudiera hacerlo más adelante.

    Olvidarlo todo, hacer como si ella no hubiera existido nunca. Sus costillas como ganchos, su voz afilada, sus hermosos ojos tristes; aquella chica que pudo ser tan guapa y a la que la vida se le torció mucho antes de dejar de lado sus juguetes. Yo no la quise nunca, pero durante aquel tiempo, nuestro tiempo, yo fui todo lo que ella tuvo. Me pegué a su vida invisible desde la mía hecha jirones.

    “Porque siempre, en el fondo, late una cuestión de poder. Quien tiene poder habla, a quien tiene poder se le ve, quien no lo tiene se vuelve invisible.”
    Y ella fue la más invisible de todos, la menos poderosa, aquella a la que había que mirar dos veces para saber si estaba o no.

    A nadie más le importaba, para nadie más existía. Ella lo sabía, a veces lo murmuraba con un susurro de mariposa, sin querer escucharse; y yo sabía que tenía razón. Un padre meloso que se metía en su cama, que la pervirtió de mil maneras antes de que ella tuviera conciencia y fuerzas para resistirse. Y sobre todo la presencia constante y ladina de la madre, buscando rastros en las sábanas, manchas de semen que la volvieron loca y por las que siempre acusó a su hija y nunca al verdadero monstruo. Unos celos desquiciados que la hicieron largarse una noche sin avisar a nadie, huyendo hacia esta noche de Madrid que le recordaba, con sus mil lucecitas, que había gente que vivía con su familia, más o menos feliz, en casas calientes. Gente que tenía amor, que tenía perro, que tenía una familia en la que refugiarse si lo deseaba. Gente que tenía unos derechos que a ella se le habían visto siempre negados.

    Debió ser indoloro. ¿Qué estaría haciendo en ese momento, en quién estaría pensando? Se fue del mundo sin que nada en este se moviera, sin que nadie se percatara. Nadie siente la desaparición de una criatura invisible, no porque no importe sino porque nadie se da cuenta. Salvo yo, que recorrí durante ese año aquel camino de vergüenza junto a ella.

    Quizá se lo esperaba y quizá no. Quizá sintió una presencia un segundo antes, quizá sonrió pensando en lo bueno que sería partir. Pero un segundo antes ella todavía estaba. Su invisibilidad, su sonrisa rota, su pelo rizado jugando con el viento, su bolso que mezclaba chicles, billete de metro y condones. En alguna parte una alondra cantaba, unos amantes se devoraban, una madre leía un cuento a su hijo, una gata triste lloraba contra su almohada.

    Un segundo después, ella volaba lejos.


    A veces me pregunto dónde estará enterrada, que habrá sido de sus restos. Tal vez, si lo supiera debería ir a verla y llorarle sal encima, como hicimos aquella noche en que desesperadas nos besamos, y abrazamos, y volvimos a besar, escupiendo a un mundo que no nos necesitaba. Tal vez debiera ponerme frente a ella y rogarle que me perdone, porque no tuve otra opción que irme.

    Pero me engaño… Es imposible averiguarlo, y mil veces menos posible ahora. Y aunque pudiera, aunque existiera una mínima posibilidad, dudo de que fuera capaz de acumular valor suficiente para enfrentarme a ella. Aunque ya no pueda hablarme.

    Pero no necesito tumbas, no necesito cenizas ni trozos de su vestido a los que rogarle. ¿Acaso no son bastante tributo estas ojeras, esta depresión, este no saber que hacer conmigo por las noches, estas lágrimas que parece que nunca acabarán de salir del todo?

    Y ya no están. Ni las sonrisas de medio lado, ni el sudor frío, ni los crueles desconocidos, ni su silueta menuda sosteniendo una copa con gracia. Las cosas han cambiado, y todo eso que vivimos sólo puede existir en el mundo invisible de mi memoria, ese mundo invisible del que ella no podría salir nunca más.


    Hay personas que nacen condenadas, y yo no puedo cometer la traición última de permitir que Mara se pierda para siempre en el olvido, ya completa y permanentemente invisible e inconsistente, su última transparencia estallando como una pompa de jabón que no deja rastros ni huellas.
    Y por eso, soy la única que puede y que debe recordarla tal y como ella fue de verdad.

 



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