And it's so fragile

Me siento ya una casa enferma,
una casa leprosa.
Es necesario que alguien venga
a recoger los mangos que se caen
en el patio y se pierden
sin que nadie les tiente la dulzura.
Es necesario que alguien venga
a cerrar la ventana
del comedor, que se ha quedado abierta,
y anoche entraron los murciélagos...
Es necesario que alguien venga
a ordenar, a gritar, a cualquier cosa.
Últimos días de una casa - Dulce María Loynaz
Alguien me dijo, hace tanto tiempo, que yo tenía un corazón enorme. Inmenso. Una gran capacidad para ser feliz, y para amar… Que sólo tenía que intentarlo un poco, como si intentándolo un poco pudiera acabar con la tristeza que me atenaza, que se infiltra en cada bocanada de mi aire, aunque quiera huir.
Recogí los pedazos, uno a uno, tratando de restaurarlo y hacerlo a mi medida. Yo quería un corazón enorme, rojo y sangrante, apenas visibles las junturas recién pegadas como leves cicatrices. Quería que fuera grande, y apasionado, y valiente, y entregado; y pegué con chinchetas en la pared el dibujo de lo que habría de ser.
Tratando de volver atrás el tiempo, con lengua rasposa de gata limé las asperezas y traté de juntar los pedazos. Pero, recogiéndolos (algunos clavados como metralla en mi carne y en la suya, otros revoloteando libres y ligeros por el cielo de Madrid), no me di cuenta de que no eran todos míos, y que en mi reconstrucción había trozos de otras personas, y cemento, y cristales. Por eso nunca acabó de encajar del todo, y corrientes heladas se introducen en los huecos.
Tras interminables tardes jugando con el celo y usando pomadas para calmar los escozores, al fin comenzó a latir desacompasada, tristemente. Me costó mirarle a la cara, pero no me deshice de él: me había mirado con tanta tristeza, y con tanto frío por su incipiente creación, que pensé que no sería tan malo darle agua y comida todos los días. Soportar sus ojitos de perro abandonado, antes que deshacerlo y tratar de reconstruirlo todo de nuevo.
Lo imaginé entonces, y aún lo veo así ahora, como una gigantesca mansión llena de puertas, plagada de recovecos y rincones oscuros en los que permanecen cosas que, bien cerradas con llave, permanecen en silencio.
El interior es un laberinto. A veces se oyen pasos, que levantan una leve estela de polvo, y de nuevo el silencio. Susurros y toses ahogadas. Crujir del terciopelo de las cortinas en algún cuarto deshabitado. Silencios que ocultan gritos.
Tiene habitaciones escondidas. Muchas habitaciones.
En la parte izquierda están aquellos que amé pero no quise querer, esperando eternamente con relojes en la mano que marcan el tic-tac siniestro del amor no consumado. Para ellos construí cuartos enormes, siempre iluminados, y con sofás gigantescos plagados de cojines de colores. Con enormes ventanales que dan siempre al oeste, para que cuando atardezca puedan llorar si quieren, y así encogerme el corazón cada vez que veo salir el sol marcha atrás.
Arriba están quienes pude querer y no me dejaron acercarme. Para ellos hice habitaciones de altos techos en penumbra, donde la niebla producida del polvo levantado por sus paseos leoninos no me permite ya casi reconocer sus rostros.
Para quien no me supo querer como yo quería preparé un cuarto pequeño donde siempre es mediodía; un rinconcito íntimo y soleado, con jarrones donde rositas granates y olorosas están siempre floreciendo. Un sitio de risas, donde a veces voy a descansar los días de lluvia.
Cerca, están aquellos a quienes llegué demasiado pronto o demasiado tarde y de quienes me acabé alejando con pasos insonoros, dejando un rastro casi invisible de llanto. Ellos viven en habitaciones dominadas por el silencio, y sólo pueden leer una y otra vez los libros que más me han marcado, frunciendo el ceño ante lo incomprensible de unas palabras que no les dicen nada.
En el sótano encerré a los monstruos, y los até con cadenas y grilletes a las paredes húmedas. Recién terminado estaban bajo control, pero el tiempo ha acabado soltando las ataduras de hierro de algunos, que se han deshecho rojas de óxido; y ahora los libres se pasean furiosos en el suelo encharcado. A veces golpean con fuerza la puerta (sobre todo en luna llena) y despertando de repente he de llevarme las manos al pecho, asustada. Sólo la seguridad de haber cerrado esa puerta con la llave más terrible de todas, la más segura, me permite seguir durmiendo.
Recorriendo los oscuros pasillos se llega a muchas, muchísimas habitaciones desocupadas. Superan con mucho en número a las habitadas y, a veces, queriendo llegar a otra parte me he visto en un cuarto vacío donde las paredes blancas sonreían con desprecio a mi expresión contrariada. Los cuartos vacíos son crueles, y están llenos de polvo.
Hay también una puerta para esa mansión. Está entornada desde que se creó, y su inmovilidad ha terminado por pudrir los goznes, de modo que si alguien tuviera fuerza bastante para cerrarla o abrirla del todo nunca más podrá variar esa posición.
He acabado por cogerle cariño a este monstruo de frankenstein palpitante y lleno de cicatrices. Porque hay días que mueve la cola y ladra de contento, y yo ronroneo para avivar algo las brasas, para mantener ese calor que tanto le falta.
Puede que no sea perfecto. Puede que haya veces que no soporte sus quejidos a destiempo, sus desgarradores sollozos, sus inoportunos estremecimientos cuando surge algún recuerdo. Su insoportable melancolía. Pero tengo que aceptarlo, tengo que quererlo.
Es el único corazón que tengo.









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