
Vuelan los buitres en lo alto, con sus grandes alas doradas, vibrantes y extendidas [...] Me pregunto si se relamerán anticipando la sangre. Pero mientras tanto, mientras llega el final y el miedo y el sufrimiento, este hermoso mundo roza lo perfecto.
Recuerdo muy bien aquel día. Hacía mucho sol.
Entré a regañadientes con ella en la farmacia "porfasóloesunmomentoandaaa", y esperamos pacientemente a que una santa señora acabara de contar su cambio. Se eternizaba, la buena viejita. El farmacéutico de vez en cuando nos echaba alguna mirada hosca sobre el hombro, como si fuéramos culpables de algo indeterminado. Quizá es que mis vaqueros estratégicamente destrozados y mi escote, sumados al minivestido que llevaba Mara, no nos hacían merecedoras de permanecer en ese establecimiento tan blanco, tan limpio y tan lleno de cruel luz eléctrica. Procuramos poner cara de candidez. Yo descansaba el cuerpo primero en un pie y luego en otro. Nerviosa.
-Tía, que el Arcángel me está esperando. Yo me voy.
-No, mira, ya acaba.
-Joder, que al final siempre llego tarde…
La viejecita guardó el dinero en el bolso y se fue, con pasitos cortos.
-¿Qué queréis? –el señor ya se dirigía a nosotras. Mara esperó a que las puertas se cerraran tras la blanca tortuguita que era aquella anciana para contestar.
-Cinco cajas de condones, por favor.
-¿Cinco…? –el farmacéutico se puso un poco bizco. A mí se me escapó un bufido de risa.
-Sí. De doce, por favor –aclaró ella, muy educada.
El señor se lo puso en una bolsa y le cobró, sin quitarnos la vista de encima: a mí, que hace tantos años ya tenía las mismas curvas, y a la delgadísima Mara. Me dio naúseas el como por arte de magia le había cambiado la expresión. Al ir a entregárselo el hombre volvió a hablar, haciendo más grave y más bajo el tono:
-¿Y por qué unas… chicas así necesitan tantos preservativos?
-No, no, estos son sólo para mí. Gracias. –mi amiga intentaba cortarle para irnos, yo tenía prisa y ella cosas que hacer. Pero el hombre la retuvo:
-¿Y lo vas a usar todos?
Mara se quedó seria uno, dos segundos. A mí supongo que un rayo me cruzó los ojos. Ponles una polla entre las piernas y así te hablarán. Ni los farmacéuticos se salvan.
-Pues… la verdad es que sí. Esque soy PUTA, señor. Si por mí usaría menos. Pero de algo hay que vivir –Mara sonrió diciéndolo. Porque ella, nunca me cansaré de escribirlo porque es verdad, era verdad, siempre sonreía.
Nos fuimos antes de que el señor cerrara la boca, lograra pestañear o hacer cualquier otra cosa. Temblando, dejamos que la puerta se cerrase detrás nuestra y andamos unos pasos. Ya no pudimos aguantarnos más.
Las carcajadas atronaron toda la calle. Dime que te duele y yo te lo haré reír. Nos miraron como si hubiéramos enloquecido y empezamos a correr, soltando toda la adrenalina que guardábamos, riéndonos sin parar, cruzándonos la una en la otra como el par de gatas arrabaleras que siempre fuimos. Estábamos locas y corrimos muchísimo.
Al final acabamos abrazadas en la acera, mucho más lejos, las dos aún temblando de risa y con lágrimas en los ojos. Yo la besé el cuello y ella me revolvió el pelo besándome la boca. Estábamos tan tristes y tan rotas que podíamos tocar el otro extremo, la alegría, y el día luminoso nos restallaba en la piel. Nunca estuve tan triste como entonces. Nunca fui tan feliz.