From the blue

Me encantan las cajitas. Tengo muchísimas, y guardo en ellas muchas cosas de cualquier tipo. En ocasiones las pongo en ellas de forma temporal, esperando tenerlas a mano, y no vuelven a aparecer ante mis ojos hasta pasados muchos años. Al redescubrirlas, a veces me emociono hasta llorar -que yo lloro mucho-, y otras doy vueltas entre mis dedos a objetos que ya no significan nada.
Tengo mi cajita de secretos, diminuta y de metal, de Fisherman's. Era de mi abuelo, y cuando él vivía siempre tenía en ella caramelos para darme. Ahora contiene un mechón de pelo, un par de trozos de papel escrito, un gato diminuto y algunos otros tesoros que nadie podrá desentrañar nunca. Procuro no mirarla más de una vez al año, para que su interior nunca se vuelva vulgar y anodino.
Tengo un sobre cerrado de 1999 en el que por fuera pone que no debe abrirse hasta 2009 por mí, salvo que yo no esté. Lo preparé hace casi 9 años, e ignoro totalmente qué contiene. Sé que hay una carta. Si sigo viva dentro de poco más de un año lo descubriré.
Tengo muchos cuadernos y disquetes llenos de cosas que escribí y que he preferido olvidar, o al menos ante las que he querido cerrar los ojos. Están ahí, mirándome entre los escondrijos de mi cuarto. A veces una de ellas me salta a los ojos y me dice: "Mírame". Y da igual lo que quiera hacer entonces, porque estoy perdida.









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