Oblivion

Más crónicas de días grises

    04 abril 2009

    Agua Fría




    -Ha llegado el momento de explicarte por qué te llamas Agua Fría.

    Qué tarde tan extraña. El sol crepuscular llenaba la habitación con una luz incandescente. Luz de prodigios. El Cristal temblaba en la palma de Corcho Quemado. Cuando empezó la iniciación, según la costumbre, su Anterior le había dado un nombre. Ese nombre le había acompañado durante dos años; la muchacha había crecido con él, hasta sentirlo suyo. Y ahora, al fin iba a comprenderlo, iba a poseerlo.

    -Fue una tarde de primavera y yo acababa de entrar en la década cuarta de mi vida -comenzó Corcho Quemado lentamente-. Era un día muy caluroso, una avanzadilla del verano. Algodón y yo estábamos en la cama, encima de las sábanas. Acabábamos de hacer el amor y él dormitaba. Estaba a mi lado, despidiendo su tibieza de animal conocido. El sol entraba por la ventana. Como ahora. Yo contemplaba el dibujo de sus rayos en el muro y percibí, súbitamente, la perfecta geometría de esas líneas. Miré a mi alrededor: todo en la habitación había adquirido una definición extraordinaria. La cama, las arrugas de las sábanas, el ángulo de la pared, la piel sudada de Algodón, el exacto contorno de mis manos: todo era sustancial, eterno, necesario. Todo parecía estar cargado de existencia. Como si, por unos instantes, hubiera atinado a ver el oculto diseño de las cosas. Y pensé: este momento pasará, y pasarán los años, y un día moriré. Pero sabía que ese recuerdo me iba a acompañar hasta el fin de mi tiempo. Que cuando mis días se acabaran añoraría ese instante. Como ciertamente ha sucedido. Y pensé: estoy en la plenitud de mi edad y quizá ya nunca vuelva a ser tan feliz como ahora soy. El mundo se había detenido y los objetos estaban impregnados de vida. Tan sólidos, tan pesados. El mismo Algodón parecía haberse quedado en suspenso entre dos resoplidos y su pecho era el torso quieto de una estatua. Tuve miedo. Me asustó tanta belleza, porque la belleza es la mezcla entre lo hermoso y lo terrible. Extendí el brazo y cogí una jarra de agua helada que había sobre la mesa. Bebí un poco. El agua me entumecía la garganta, de tan fría. Empecé a serenarme, fui perdiendo la clarividencia del momento y retomando mi humanidad banal. Los rayos de la pared dejaron de ser la esencia del sol para ser simples rayos, y en las arrugas de las sábanas ya no cabía el mundo. Algodón se rebulló a mi lado y suspiró en sueños. Y pensé: cada vez que beba un trago de agua helada, procuraré recordar que hubo una tarde en la que fui capaz de detener el tiempo.


    R. Montero - Temblor

 



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